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sábado, 21 de diciembre de 2013

LA CATEDRA DEL MACHO...

“La identidad masculina tradicional reposa en tres pilares: insolidaridad, misoginia y homofobia. Estas tres características son consecuencia de tres negaciones: ‘no soy un bebé’, ‘no soy una mujer’ y ‘no quiero a otros varones ni quiero que otros varones me quieran”

La principal característica de este tipo de virilidad hegemónica es que establece en los machos una competitividad y una obsesión por el éxito que en realidad esconde una gran fragilidad, puesto que es un elemento característico de cualquier ser humano, todos somos vulnerables ante el dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la vejez y la muerte.

La identidad masculina se construye opuestamente y se define por lo que no es; se construye contra lo otro (contra la mujer, el niño y la homosexualidad).

La superioridad de la esfera pública y masculina se basa principalmente en la idea de que ser un hombre no es fácil, y en cambio, para ser mujer no se requieren demostraciones de ningún tipo, porque es la escala más baja de la jerarquía y porque ellas son mujeres por naturaleza. Los hombres, en cambio, tienen que hacerse hombres; es lógico, pues, que para pertenecer a la esfera de los privilegiados uno tenga que demostrar que no es inferior, no por tanto mujer, ni débil, enfermizo o blando.

Foto: LA CATEDRA DEL MACHO...

“La identidad masculina tradicional reposa en tres pilares: insolidaridad, misoginia y homofobia. Estas tres características son consecuencia de tres negaciones: ‘no soy un bebé’, ‘no soy una mujer’ y ‘no quiero a otros varones ni quiero que otros varones me quieran”

La principal característica de este tipo de virilidad hegemónica es que establece en los machos una competitividad y una obsesión por el éxito que en realidad esconde una gran fragilidad, puesto que es un elemento característico de cualquier ser humano, todos somos vulnerables ante el dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la vejez y la muerte.

La identidad masculina se construye opuestamente y se define por lo que no es; se construye contra lo otro (contra la mujer, el niño y la homosexualidad).

La superioridad de la esfera pública y masculina se basa principalmente en la idea de que ser un hombre no es fácil, y en cambio, para ser mujer no se requieren demostraciones de ningún tipo, porque es la escala más baja de la jerarquía y porque ellas son mujeres por naturaleza. Los hombres, en cambio, tienen que hacerse hombres; es lógico, pues, que para pertenecer a la esfera de los privilegiados uno tenga que demostrar que no es inferior, no por tanto mujer, ni débil, enfermizo o blando.

Las sociedades patriarcales tienen en común que sus ritos de iniciación son a menudo brutales; varían en su grado de violencia y dureza. Poseen en común la necesidad de separar  a los niños de sus madres para que estos se hagan adultos. En la transferencia a un mundo desconocido, el mundo masculino, el niño ha de someterse a pruebas crueles, a menudo dramáticas y siempre en público: escarificación, circuncisión, heridas, flagelación… Así el joven puede demostrar a los que le rodean su valentía, su impasibilidad ante el dolor, y casi siempre, su desprecio por la muerte.

La cultura patriarcal colonizó otras culturas igualitarias a base de violencia y destrucción, del sometimiento del fuerte al débil. De hecho, si en nuestra cultura los valores principales son la fuerza bruta, el dominio y la violencia, es ‘normal’ que los hombres sean los privilegiados y venerados, y las mujeres, por su capacidad de dar vida, sean consideradas inferiores.

Esto, sin duda, es un proceso que va desde la envidia por su capacidad reproductora, al miedo y odio. La revolución patriarcal contra el poder femenino consistió en empequeñecer simbólicamente a su enemigo, para después redactar leyes religiosas y políticas y organizar el sistema socioeconómico en base a este proceso de devaluación de lo femenino.

(Extraído del libro ‘Más allá de las etiquetas’ de Coral Herrera). 
 
 
Las sociedades patriarcales tienen en común que sus ritos de iniciación son a menudo brutales; varían en su grado de violencia y dureza. Poseen en común la necesidad de separar a los niños de sus madres para que estos se hagan adultos. En la transferencia a un mundo desconocido, el mundo masculino, el niño ha de someterse a pruebas crueles, a menudo dramáticas y siempre en público: escarificación, circuncisión, heridas, flagelación… Así el joven puede demostrar a los que le rodean su valentía, su impasibilidad ante el dolor, y casi siempre, su desprecio por la muerte.

La cultura patriarcal colonizó otras culturas igualitarias a base de violencia y destrucción, del sometimiento del fuerte al débil. De hecho, si en nuestra cultura los valores principales son la fuerza bruta, el dominio y la violencia, es ‘normal’ que los hombres sean los privilegiados y venerados, y las mujeres, por su capacidad de dar vida, sean consideradas inferiores.

Esto, sin duda, es un proceso que va desde la envidia por su capacidad reproductora, al miedo y odio. La revolución patriarcal contra el poder femenino consistió en empequeñecer simbólicamente a su enemigo, para después redactar leyes religiosas y políticas y organizar el sistema socioeconómico en base a este proceso de devaluación de lo femenino.

(Extraído del libro ‘Más allá de las etiquetas’ de Coral Herrera).
 
 

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